Castillo de Chapultepec: un majestuoso recinto histórico en medio de una metrópolis

Vista aérea del Castillo de Chapultepec

Foto: Fotos de stock de RobertHur/Shutterstcok

El Castillo de Chapultepec, uno de los edificios más famosos de la Ciudad de México, es una majestuosa construcción como ninguna otra en todo el continente americano. Además de ofrecer vistas espectaculares gracias a su ubicación privilegiada en el Cerro del Chapulín–al poniente de la capital mexicana–, este recinto ha sido testigo de la transformación de la ciudad en los últimos siglos, siendo incluso el escenario de algunos momentos clave en la historia del país.

Desde su creación en el siglo XVIII, el Castillo de Chapultepec ha tenido funciones muy diversas. Aquí te presentamos la historia de esta imponente estructura, desde sus orígenes virreinales hasta su uso actual como recinto cultural.

 

El Colegio Militar

Caballero Alto - torreón del Castillo de Chapultepec

Caballero Alto. (Foto: Fotos de stock de Kit Leong/Shutterstock)

Los orígenes del Castillo de Chapultepec se remontan al siglo XVIII, durante la época de la Colonia. Su construcción comenzó en 1785 bajo órdenes de Bernardo de Gálvez y Madrid, virrey de la Nueva España, quien planeaba utilizar el edificio como su residencia de verano. Sin embargo, la estructura nunca llegó a concluirse del todo, y tras el comienzo de la guerra de Independencia en 1810, el edificio fue abandonado.

Después de años de estar en decadencia, en 1833 se tomó la decisión de transformar la antigua edificación virreinal en la sede del Heroico Colegio Militar. Se hicieron varias modificaciones al inmueble, y durante este periodo se construyó el “Caballero Alto“, un torreón que le daba al edificio la apariencia de una fortaleza. Desde este momento, se le comenzó a conocer como “castillo”.

En 1847, el Colegio Militar fue el sitio de una importante batalla contra el ejército estadounidense. Como “último bastión de defensa del ejército mexicano” antes de llegar a la capital, el ejército invasor atacó el Castillo de Chapultepec, que en ese momento se encontraba custodiado por 832 cadetes y soldados. El asedio causó severos daños al edificio y provocó la muerte de varios cadetes mexicanos, que pasarían a ser conocidos como “niños héroes“. A raíz de esta derrota, el gobierno mexicano se vio forzado a firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo, donde accedió a ceder más de la mitad de su territorio a Estados Unidos.

 

El palacio imperial

Habitación de estilo victoriano en el Castillo de Chapultepec

Habitación de Carlota. (Foto: Fotos de stock de EQRoy/Shutterstock)

En 1863, México fue invadido nuevamente, esta vez por el ejército francés. El gobierno del entonces presidente Benito Juárez se trasladó a San Luis Potosí, y con ello se instauró una monarquía hereditaria liderada por el emperador Maximiliano de Habsburgo.

A su llegada a a la Ciudad de México en 1864, Maximiliano y su esposa Carlota decidieron establecer su residencia en el Castillo de Chapultepec. El inmueble tuvo que ser adaptado nuevamente para acomodar al emperador, por lo que el botánico austriaco Wilhelm Knechtel fue contratado para rediseñar los jardines y se mandaron traer muebles, vajillas, tapices y mantelería de Europa. Para conectar su residencia directamente con el centro de la ciudad, el emperador también mandó a construir un camino que sería llamado el Paseo de la Emperatriz (hoy conocido como el Paseo de la Reforma).

Desafortunadamente para Maximiliano, su estancia en el palacio no duraría mucho: Benito Juárez regresó a la Ciudad de México en 1867, restableciendo la república y poniendo fin al segundo Imperio mexicano.

 

La residencia presidencial

Pasillo de vitrales en el Castillo de Chapultepec

Galería de los Emplomados. (Foto: Tristan Higbee vía Wikimedia Commons [CC BY 2.0])

En el año 1878, a principios del Porfiriato, se decidió que el Castillo de Chapultepec alojaría el Observatorio Astronómico Nacional. La cúpula del Caballero Alto fue adaptada para este fin; sin embargo, solo cinco años después, el observatorio se trasladó al pueblo de Tacubaya. Así, el castillo se convirtió de nuevo en Colegio Militar, además de funcionar como la casa de verano de Porfirio Díaz.

Díaz estaba decidido a que el Castillo de Chapultepec fuera una muestra del gran progreso tecnológico y artístico de México. Entre sus aportaciones al recinto se encuentran la Galería de los Emplomados, un gran vitral ubicado a un costado del alcázar, así como elevadores que subían desde la base del cerro y un boliche, el juego de moda entre la clase alta mexicana. Adicionalmente, Díaz decidió convertir el bosque circundante en un parque público con calzadas, un jardín botánico y un lago artificial.

Aunque en un principio solo fue utilizado como residencia de verano, en 1896 Díaz y su esposa Carmen empezaron a utilizar el recinto como su domicilio principal. El castillo siguió siendo la residencia presidencial durante la Revolución mexicana, alojando a figuras como Francisco I. Madero, Venustiano Carranza y Álvaro Obregón. En total, 14 presidentes mexicanos vivieron en el edificio durante sus mandatos.

 

El Castillo de Chapultepec hoy

Vista panorámica desde el Castillo de Chapultepec

Foto: Fotos de stock de Kit Leong/Shutterstock

En 1934, el presidente Lázaro Cárdenas rompió con la tradición y trasladó su residencia a Los Pinos, ya que consideraba que “era muy ostentoso para que viviera ahí el presidente de un país en plena reconstrucción”. En vez de dejarlo en desuso, ordenó que el Castillo de Chapultepec fuera transformado en el Museo Nacional de Historia, función que mantiene hasta el día de hoy.

Actualmente, el museo cuenta con un acervo de 100 mil objetos, además de resguardar varios murales hechos por grandes artistas como Jorge González Camarena, Juan O'Gorman, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. El Castillo de Chapultepec recibe más de un millón de visitantes cada año, quienes sin duda quedan maravillados por la imponente belleza de este histórico recinto.

 

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Sofía Vargas

Sofía Vargas es colaboradora y redactora en español para My Modern Met. Originaria de la Ciudad de México, es licenciada en Lenguas Modernas y Gestión Cultural por la Universidad Anáhuac. Ha trabajado para varias instituciones culturales en México, incluyendo la feria de arte Zona Maco. Cuando no está escribiendo, Sofía dedica su tiempo a desarrollar otras habilidades artísticas, como la cerámica y la ilustración.

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